19 nov 2016

El Hijo de Dios se enfrenta a La Bestia

[Escrito en El Español]
Este sábado, Las Vegas alberga el que posiblemente sea el combate más esperado del año. Un duelo de imbatidos en el que el ganador saldrá legitimado para disputar al nicaragüense Román González y al kazajo Gennady Golovkin el título honorífico de mejor boxeador del mundo libra por libra. El temible destructor ruso Sergey “Krusher” Kovalev defiende sus títulos IBF, WBA y WBO del peso semipesado ante el magistral campeón olímpico y excampeón unificado del supermedio, el californiano Andre Ward, conocido como “Hijo de Dios”, o S.O.G por sus siglas en inglés. El mayor pegador del boxeo actual frente a su más eminente orfebre. Un enfrentamiento de calidad que tiene a la cátedra dividida, un apasionante duelo de estilos entre dos grandes boxeadores de personalidades y orígenes bien distintos.

Kovalev es campeón desde 2013 y, tras ocho defensas, ha impuesto un reinado de terror en la categoría. Ward, todo un prodigio del boxeo, tiene el excepcional logro de no perder un combate, amateur o profesional, desde que era un niño de 14 años. Ahora afronta su más complicado reto al subir de categoría y enfrentarse a un gran campeón mucho más fuerte que él. En su contra juegan las lesiones y la falta de actividad en los últimos años.

LA TRITURADORA KOVALEV
Como profesional no conoce la derrota y cuenta con 30 triunfos, de los cuales 26 fueron por la vía rápida, lo que le ha encaramado como uno de los mejores púgiles libra por libra. El único combate que no ha ganado es un discutido nulo técnico en dos rounds al principio de su carrera. Por su origen, su demoledor estilo y su espectacular porcentaje de victorias por KO, es una especie de Iván Drago (el ruso de las películas de Rocky) pero en versión más fea. A sus 33 años, el campeón se encuentra en su mejor momento deportivo. No ha sido el suyo un camino fácil.

Sergey está modelado por la escasez, el frío y la languidez característica de las ciudades industriales en la Rusia de los ochenta. Sin artificios ni concesiones de cara a la galería, a Kovalev le define la sobriedad de la arquitectura soviética. Ha llegado a lo más alto superando una gélida infancia, un régimen deportivo de extremada dureza, un cambio de país y la losa de la muerte de un rival.

Creció en las calles de Chelyabinsk, una ciudad que sirve de puente entre los Urales y Siberia y en la que el invierno, con temperaturas bajo cero, dura casi ocho meses. Una localidad de más de un millón de habitantes, especialmente gris en esos últimos años de régimen soviético en los que la mayoría de la población se dedicaba a la industria metalúrgica y la producción de tractores, tanques y camiones. Su padre abandonó a la familia cuando Sergey tenía tan sólo tres años y el futuro campeón tuvo que buscarse la vida limpiando ventanas, vendiendo periódicos o sirviendo gasolina.

Y conforme fue creciendo y haciéndose más fuerte, también trabajó como estibador y guardaespaldas hasta que finalmente entró a formar parte del ejército ruso. A los 11 años empezó a boxear y muy pronto destacó en el proceso de selección natural que caracteriza la piramidal estructura del boxeo en Rusia. Fue campeón de Rusia junior y senior, campeón mundial militar y miembro habitual del equipo nacional, aunque no siempre como primer espada debido al mayor éxito de Matt Korobov y Artur Beterviev. Por eso, Sergey nunca llegó a sentirse del todo a gusto en su selección, por lo que decidió hacerse profesional.

Ayudado y financiado por su mánager lituano, Egis Kilmas, Kovalev inició, desde abajo, su aventura americana. En 2009, con 26 años y tras más de 200 combates amateur, Kovalev emigró a Carolina del Norte, donde empezó su adaptación al boxeo rentado de la mano del veterano entrenador Don Turner y posteriormente del también reputado Abel Sánchez. El ascenso, aunque primero en veladas más oscuras en Estados Unidos y Rusia, empezó a ser evidente.

En 2011, tras proclamarse campeón norteamericano, regresó a Rusia para disputar un título regional de la WBC. Era su decimoctavo combate profesional y se enfrentaba a su compatriota Roman Simakov. Kovalev ganó por KO técnico en el séptimo round. Su rival clavo la rodilla en la lona y poco después se desplomó. Simakov falleció tres días más tarde. Un tremendo y triste accidente del que a Sergey no le gusta hablar, aunque sabidos son sus esfuerzos porque a la desconsolada familia de su compañero no les faltara nada en lo económico.

Paradójicamente, tras este combate Kovalev cambió de entrenador e inició su auténtica ascensión dentro de la élite de la categoría. De la mano de su nuevo preparador, el excampeón mundial John David Jackson, los progresos del ruso han sido más que evidentes. No sólo es un contundente pegador sino que, dentro de su sobriedad de estilo, se ha convertido en un eficiente boxeador.

Por fin, en agosto de 2013 le llegó su oportunidad de disputar el mundial de la WBO. En territorio forastero, Kovalev se deshizo en cuatro rounds del hasta entonces imbatido campeón, el galés Nathan Cleverly, todo un golpe de autoridad. Un año más tarde, tras tres defensas solventadas por la vía rápida, Krusher se hizo también con los cinturones de la IBF y de la WBA al imponerse con claridad a los puntos al extraordinario abuelo del boxeo, Bernard Hopkins.

Un sabio del boxeo que, a pesar de ser de los pocos que ha llegado al final de la ruta ante el noqueador ruso, jamás tuvo opciones de victoria ante el buen boxeo y la tremenda fortaleza física de su rival. Cuatro nuevas defensas de Kovalev le dejan ahora a las puertas de su supercombate ante Ward, a priori el más importante y complicado de su demoledora carrera.

WARD, UN SUPERDOTADO SIN CARISMA
La trayectoria de Andre Ward es realmente excepcional. Lleva 23 años sin perder un solo combate, desde que tenía 14 años y tan sólo pesaba 60 kilos. Hijo de un irlandés que fue boxeador amateur y una madre afroamericana cuya adicción al crack dejó sin apenas presencia en la infancia de Andre. A los nueve años, Frank Ward llevó por primera vez a su hijo al gimnasio. Allí conocería a la persona más influyente en su vida, su entrenador Virgil Hunter, con el que inseparablemente sigue trabajando hoy, y que además, sobre todo a raíz de la prematura muerte de Frank, ejerce de amigo, consejero y mentor.

Andre sabe que, desde el primer día, Hunter no sólo se interesó por Ward como boxeador sino principalmente como persona. Ward, por condiciones físicas y por mentalidad, estaba hecho para el boxeo. Rara vez se ha visto un deportista tan dominante desde sus principios. Fue en dos ocasiones campeón de los Estados Unidos, ganó todos sus combates en las eliminatorias de acceso al equipo nacional americano y se proclamó campeón olímpico en los Juegos de Atenas 2004.

Pese a que su medalla de oro fue la única conseguida por el boxeo estadounidense en dos ciclos olímpicos, Ward no tuvo ni mucho menos el recibimiento mediático de otros campeones olímpicos. Quizá porque el boxeo olímpico ya no era tan seguido por el gran público como años atrás, quizá porque su sonrisa no deslumbra como las de Sugar Ray Leonard u Óscar de la Hoya, o tal vez por el enfoque eminentemente táctico y estratégico de su boxeo. Tampoco levanta controversias como Mayweather. Ward es un aplicado científico, como una fusión entre Floyd y Hopkins, de los de la vieja escuela, un dominador de las perdidas, y no por todos apreciadas, artes y sutilezas del boxeo.

Cristiano practicante, Ward acude al menos dos veces por semana a la iglesia acompañado por sus hijos y su mujer Tiffinney, a la que conoce desde sus días en el instituto. Al gimnasio acude todavía con mayor frecuencia e idéntica devoción. Fuera de eso, Ward visita regularmente cárceles, reformatorios y centros juveniles. Su juventud no fue fácil y vivió en una comunidad machacada por la droga, y cree que su historia y sus logros pueden servir de ejemplo e inspiración.

Ward es un zurdo natural que boxea con guardia ortodoxa. Como profesional ha salido victorioso de sus 30 combates, la mitad de ellos antes del límite. Ha sido monarca indiscutido en el supermedio, división que literalmente limpió unificando los tres títulos mundiales más importantes y derrotando a todo campeón o contendiente que se cruzó en su camino. Fueron sus mejores años, entre 2009 y 2011, en los que salió como vencedor absoluto del Torneo Super Six imponiéndose con claridad a campeones como Mikkel Kessler, Arthur Abraham o el británico Carl Froch, ante el que el estadounidense dio una auténtica clase maestra de boxeo en sus tres distancias.

En total, ha disputado siete combates con título mundial en juego, pero sus últimos años han estado marcados por las lesiones y la falta de actividad: sólo cinco combates en los últimos cinco años. Un larguísimo contencioso con su antigua promotora, a lo que se sumó una operación en su hombro derecho, le mantuvieron largas temporadas alejado del cuadrilátero. Fue desposeído de sus títulos por no defenderlos en los plazos marcados, lo que aceleró su decisión de subir al semipesado en busca de nuevos retos.

Tras dos combates de rodaje, se enfrenta ahora al desafío más importante de su carrera. En sus dos últimas citas, Ward salió victorioso aunque llevándose algún golpe de más. Aparentemente, su precisión y sentido del tiempo y de la distancia se habían deteriorado con tanto parón. El californiano sabe que para imponerse a un boxeador como Kovalev, semipesado natural, de buena técnica y extraordinaria fuerza física, necesita recuperar su mejor versión. Quizá entonces sea capaz, por fin, de cautivar al gran público.

11 nov 2016

Muere Perico Fernández, el 'juguete roto' del boxeo español

[Escrito en El Español]
Su vida, su ascenso, los días de gloria como campeón mundial y su estrepitosa caída parecen sacados de una novela. Pero de esas malas, de las baratas, fáciles, predecibles y cargadas de tópicos. En este caso, tristemente real. El niño tartamudo del orfanato de Zaragoza que encontró su vehículo de expresión en el boxeo, deporte para el que fue un auténtico superdotado, ha muerto a los 64 años, viviendo sus últimos años prácticamente de la ayuda de las instituciones y de un puñado de amigos. Enfermo y sin un duro, como el de la novela mala.

En el ring fue una de las figuras más carismáticas que ha dado nuestro boxeo. Púgil vivo, listo, intuitivo, boxeador de la calle. Y con un ladrillo en cada mano. El que mejor le definió fue el maestro Manuel Alcántara: Perico era un bohemio del boxeo. Y de la vida. De carácter impulsivo e impredecible, dentro y fuera del ensogado. Pero con esa gracia natural, ese don que pocos tienen para enamorar al aficionado y al que no lo es tanto.

Un boxeador especial que tiraba más de genética y genialidad que de entrenamiento y sacrificio. De los que disfrutaban más, cuando llegó el dinero, en las salas de fiesta que en el gimnasio, que ya bastantes privaciones había sufrido de niño. Esquivas y desplantes con las manos bajas, golpes imprevisibles y fulminantes. Los boxeadores son tontos, decía, todos se ponen los guantes para protegerse pegados a la barbilla. Pues yo les pego en la frente y se caen. Y claro que se caían, pero porque era él el que los pegaba.

Fue campeón de España del peso ligero, dejando en la cuneta a grandes boxeadores como Kid Tano, Gómez Fouz o Manolo Calvo. Luego, en 1974, como mandan –o mandaban- los cánones, campeón de Europa, aunque en una categoría superior, la del superligero, título que arrebató a Tony Ortiz. Y ese mismo año, de ascenso imparable, se coronó campeón mundial WBC en Roma, al imponerse por puntos al japonés Lion Furuyama. Luego su primera defensa, en Barcelona ante el brasileño Joao Henrique.

Fue la noche en la que no dejaban entrar en el Palacio de los Deportes al celebérrimo José María García y Perico salió del vestuario a decir que o le dejaban entrar al pequeño a radiar o no había combate, como cuenta Vicente Ferrer Molina en su biografía del genial periodista. García entró y Perico despachó a su retador en nueve asaltos.

En julio de 1975, días convulsos en una España que afrontaba el final de un régimen de 40 años, el aragonés viajó a Bangkok a medirse con su bestia negra, el tailandés – Perico le decía el chino- Saensak Muangsurin, que le despojó de su corona al imponerse al español en ocho asaltos. Muangsurin entraba en la historia, era tan sólo su tercer combate de boxeo profesional. Nadie ha conseguido un campeonato del mundo con tan pocos combates, aunque venía con una larguísima trayectoria en el Muay Thai. Perico siempre dijo que algo le habían echado en la comida que afectó a su rendimiento.

Rehízo su carrera proclamándose campeón de Europa del peso ligero pero, dos años después del primer enfrentamiento, Muangsurin le daba la oportunidad a Fernández de recuperar su cinturón. Y esta vez en Madrid, en el Palacio de los Deportes. Pero de nuevo el oriental al que apodaban La Sonrisa del Diablo se hizo con el triunfo, esta vez a los puntos.

Perico no volvió a alcanzar la gloria. Suficientemente bueno como para ganar casi todos su combates en España, pero ya no le daba su boxeo para retos mayores. En tres ocasiones más disputaría el campeonato europeo, pero infructuosamente. El del ligero ante el escocés Jim Watt en 1978, el del superligero dos años más tarde ante Jo Kimpuani y finalmente el del wélter en 1984 en Italia ante Gianfranco Rossi. Tres derrotas por puntos, ningún demérito. Watt y Rossi serían posteriormente campeones mundiales. Y a partir de ahí, hasta su retirada definitiva en 1987, un marcado declive con derrotas ante boxeadores que jamás le hubieran puesto un guante encima en sus años gloriosos.

Pero ese don para manejarse con soltura en un ring no lo tuvo nunca para desenvolverse fuera de él. Fumaba, bebía, era desordenado y además generoso en exceso. Su vida sentimental tampoco tuvo estabilidad: cinco hijos de relaciones diferentes. Durante años vivió de vender sus cuadros, principalmente a sus amigos, de entre los cuales el principal benefactor fue José María García. También de la ayuda de su amigo José Luis Mariscal, o el también campeón mundial José Antonio López Bueno. La naturaleza no le hizo para el trabajo de 9 a 5. Tozudo y orgulloso, como buen aragonés. Célebre es su respuesta cuando, con el objetivo de ayudarle y dotarle de un salario estable, le ofrecieron un puesto de conserje en Zaragoza: “Si quieren un portero, que fichen a Zubizarreta”.

En varias ocasiones se le organizaron actos de homenaje, con el fin de aliviar su precariedad. Primero de pensión en pensión, otras veces en algún club de alterne, o un lupanar, como él decía. Su diabetes y el alzhéimer agravaron una situación ya de por sí agónica. Todos estos bienintencionados actos de apoyo al final eran meros parches. Perico fue uno de esos ídolos, casos aislados, casi de generación espontánea, que fue capaz de hacer vibrar a todo un país, como Manolo Santana, Paquito Fernández Ochoa o Ángel Nieto. Pero encima en una época en la que el boxeo era uno de los tres deportes del pueblo junto con el fútbol y el ciclismo.

Se nos va un deportista genial y excepcional, un ser humano cariñoso y desprendido que acabó como esos protagonistas de novela mala, arruinado y sin salud. Héroe en esa España en la que el franquismo agonizaba. Sin duda, uno de los mejores y más fascinantes campeones que ha tenido el boxeo español.

6 nov 2016

El senador Pacquiao, campeón mundial wélter

[Publicado en El Español]
A sus 37 años, el sorprendente Manny Pacquiao vuelve a proclamarse campeón mundial al arrebatar el cinturón de la WBO del peso wélter al californiano Jessie Vargas con una clara victoria por puntos. Es éste un título que Manny ya poseyó en el pasado en dos ocasiones, uno más para su interminable colección de trofeos desde que debutó como profesional con 16 años por unos pocos pesos.

Ahora el excepcional púgil filipino vuelve a hacer historia como el primer senador que obtiene un título mundial de boxeo. La decisión fue unánime. Dos jueces puntuaron el pleito 118-109 mientras que el tercero, Dave Moretti, dio el triunfo a Pacquiao por un incomprensiblemente escaso 114-113.

Era la primera defensa que hacía el estadounidense. Manny mostró un poderío físico y una velocidad realmente impropia de un púgil de su edad. Con su boxeo de zurdo y la utilización de ángulos en sus ataques dominó a Vargas durante la mayor parte de los asaltos. Incluso en el segundo round, Manny derribo al campeón con su tradicional directo de izquierda. El filipino, siempre ambicioso, declaró tras el combate que intentó buscar en todo momento la victoria por KO, pero no fue capaz de conseguirlo. Pacquiao sigue siendo excepcional, pero no gana un combate antes del límite desde 2009.

El récord del filipino es ahora de 59-6-2 (38) mientras que el de Vargas queda en 27-2 (10)

POSIBLE REVANCHA CON MAYWEATHER
Los más de 16.000 espectadores que se dieron cita en el Thomas & Mack Center de Las Vegas, como siempre, se volcaron con Pacquiao, coreando su nombre durante todo el combate. Y bien visible, en el ringside, Floyd Mayweather concitaba todas las atenciones. Lleva un año retirado, pero anoche más que nunca se volvió a hablar de la posibilidad de que regrese a los cuadriláteros para obtener su quincuagésima victoria, precisamente ante Pacquiao, con quien en mayo de 2015 protagonizó el combate que batió todos los récords económicos de la historia.

Pese a que el primer enfrentamiento entre ambos resultó decepcionante, a día de hoy, un reencuentro entre Manny y Floyd generaría de largo muchísimo más dinero que cualquier otro combate.

Tras su última victoria ante Tim Bradley, en abril, Pacquiao había anunciado su retirada del boxeo para centrarse en la política y en el mes de mayo fue elegido senador en su país natal, Filipinas. Pero poco duró su no muy convencida jubilación. Pacquiao tardó poco en descolgar los guantes y anoche demostró que, si bien nunca volverá a ser la diabólica máquina de combatir que maravilló especialmente entre 2005 y 2010 con espectaculares triunfos ante boxeadores como Erik Morales, Marco Antonio Barrera, Juan Manuel Márquez, Óscar de la Hoya, Ricky Hatton, Miguel Cotto y Antonio Margarito, el senador, pese a su edad y sus batallas, es mejor que la mayor parte de los boxeadores de su categoría.

No es el que era, pero no tuvo excesivos problemas para imponerse a un campeón que tenía un estilo que le venía al filipino como anillo al dedo. El californiano de sangre mexicana, diez años más joven que él, era el campeón del wélter que, por categoría y estilo, menos complicaciones le podía ofrecer a Pacquiao. Parecía hecho a su medida. A pesar de estar ya en su cuesta abajo deportiva, Manny lució más rápido y con más movilidad que su oponente e incluso acabó con más fuelle en el tramo final.

Jessie Vargas no deja de ser uno de esos boxeadores que llegan a obtener un título mundial por la grotesca proliferación de organismos, buen púgil pero con limitaciones ante la verdadera élite. Aun así, el filipino hubo de tragarse durante el combate numerosos derechazos de Vargas, que de haber sido un púgil con mayor plomo en sus guantes podrían haber variado el rumbo del combate. Pero PacMan sigue emocionando y su tirón es indiscutible. Su enfático triunfo deja claro que volverá a subirse al ring.

Ya han comenzado las conjeturas sobre quién será el próximo oponente del senador electo, y se empieza a hablar de boxeadores como Adrien Broner, Amir Khan o campeones como Danny García, Keith Thurman o Terence Crawford. Todos ellos, sin duda, rivales muchísimo más complicados que Vargas. Aunque de momento son solo tiros al aire, Pacquiao y su promotor, Bob Arum, serán cuidadosos a la hora de seleccionar el rival. En realidad el sueño del filipino es cerrar su carrera con un multimillonario combate de revancha contra Mayweather.

Pacquiao ha ganado durante su carrera más de 450 millones de euros, de los que ha destinado una parte muy importante a obras sociales en su país. Si indiscutiblemente Mayweather ha sido el mejor de las últimas décadas, Manny ha sido el más querido y el que más ha emocionado a los aficionados. Frente a Vargas demostró que es capaz de compatibilizar sus tareas como senador con las de un campeón de boxeo. Está dando sus últimos coletazos deportivos pero aún le queda mecha para un par de combates. Tendrá que saber rentabilizarlos, tanto deportiva como económicamente.

Tras lo de anoche, y ante la falta de figuras en la actualidad que se les asemejen en carisma y tirón popular, en los próximos meses se volverá hablar del Mayweather-Pacquiao II más que de ningún otro combate.