19 nov 2016

El Hijo de Dios se enfrenta a La Bestia

[Escrito en El Español]
Este sábado, Las Vegas alberga el que posiblemente sea el combate más esperado del año. Un duelo de imbatidos en el que el ganador saldrá legitimado para disputar al nicaragüense Román González y al kazajo Gennady Golovkin el título honorífico de mejor boxeador del mundo libra por libra. El temible destructor ruso Sergey “Krusher” Kovalev defiende sus títulos IBF, WBA y WBO del peso semipesado ante el magistral campeón olímpico y excampeón unificado del supermedio, el californiano Andre Ward, conocido como “Hijo de Dios”, o S.O.G por sus siglas en inglés. El mayor pegador del boxeo actual frente a su más eminente orfebre. Un enfrentamiento de calidad que tiene a la cátedra dividida, un apasionante duelo de estilos entre dos grandes boxeadores de personalidades y orígenes bien distintos.

Kovalev es campeón desde 2013 y, tras ocho defensas, ha impuesto un reinado de terror en la categoría. Ward, todo un prodigio del boxeo, tiene el excepcional logro de no perder un combate, amateur o profesional, desde que era un niño de 14 años. Ahora afronta su más complicado reto al subir de categoría y enfrentarse a un gran campeón mucho más fuerte que él. En su contra juegan las lesiones y la falta de actividad en los últimos años.

LA TRITURADORA KOVALEV
Como profesional no conoce la derrota y cuenta con 30 triunfos, de los cuales 26 fueron por la vía rápida, lo que le ha encaramado como uno de los mejores púgiles libra por libra. El único combate que no ha ganado es un discutido nulo técnico en dos rounds al principio de su carrera. Por su origen, su demoledor estilo y su espectacular porcentaje de victorias por KO, es una especie de Iván Drago (el ruso de las películas de Rocky) pero en versión más fea. A sus 33 años, el campeón se encuentra en su mejor momento deportivo. No ha sido el suyo un camino fácil.

Sergey está modelado por la escasez, el frío y la languidez característica de las ciudades industriales en la Rusia de los ochenta. Sin artificios ni concesiones de cara a la galería, a Kovalev le define la sobriedad de la arquitectura soviética. Ha llegado a lo más alto superando una gélida infancia, un régimen deportivo de extremada dureza, un cambio de país y la losa de la muerte de un rival.

Creció en las calles de Chelyabinsk, una ciudad que sirve de puente entre los Urales y Siberia y en la que el invierno, con temperaturas bajo cero, dura casi ocho meses. Una localidad de más de un millón de habitantes, especialmente gris en esos últimos años de régimen soviético en los que la mayoría de la población se dedicaba a la industria metalúrgica y la producción de tractores, tanques y camiones. Su padre abandonó a la familia cuando Sergey tenía tan sólo tres años y el futuro campeón tuvo que buscarse la vida limpiando ventanas, vendiendo periódicos o sirviendo gasolina.

Y conforme fue creciendo y haciéndose más fuerte, también trabajó como estibador y guardaespaldas hasta que finalmente entró a formar parte del ejército ruso. A los 11 años empezó a boxear y muy pronto destacó en el proceso de selección natural que caracteriza la piramidal estructura del boxeo en Rusia. Fue campeón de Rusia junior y senior, campeón mundial militar y miembro habitual del equipo nacional, aunque no siempre como primer espada debido al mayor éxito de Matt Korobov y Artur Beterviev. Por eso, Sergey nunca llegó a sentirse del todo a gusto en su selección, por lo que decidió hacerse profesional.

Ayudado y financiado por su mánager lituano, Egis Kilmas, Kovalev inició, desde abajo, su aventura americana. En 2009, con 26 años y tras más de 200 combates amateur, Kovalev emigró a Carolina del Norte, donde empezó su adaptación al boxeo rentado de la mano del veterano entrenador Don Turner y posteriormente del también reputado Abel Sánchez. El ascenso, aunque primero en veladas más oscuras en Estados Unidos y Rusia, empezó a ser evidente.

En 2011, tras proclamarse campeón norteamericano, regresó a Rusia para disputar un título regional de la WBC. Era su decimoctavo combate profesional y se enfrentaba a su compatriota Roman Simakov. Kovalev ganó por KO técnico en el séptimo round. Su rival clavo la rodilla en la lona y poco después se desplomó. Simakov falleció tres días más tarde. Un tremendo y triste accidente del que a Sergey no le gusta hablar, aunque sabidos son sus esfuerzos porque a la desconsolada familia de su compañero no les faltara nada en lo económico.

Paradójicamente, tras este combate Kovalev cambió de entrenador e inició su auténtica ascensión dentro de la élite de la categoría. De la mano de su nuevo preparador, el excampeón mundial John David Jackson, los progresos del ruso han sido más que evidentes. No sólo es un contundente pegador sino que, dentro de su sobriedad de estilo, se ha convertido en un eficiente boxeador.

Por fin, en agosto de 2013 le llegó su oportunidad de disputar el mundial de la WBO. En territorio forastero, Kovalev se deshizo en cuatro rounds del hasta entonces imbatido campeón, el galés Nathan Cleverly, todo un golpe de autoridad. Un año más tarde, tras tres defensas solventadas por la vía rápida, Krusher se hizo también con los cinturones de la IBF y de la WBA al imponerse con claridad a los puntos al extraordinario abuelo del boxeo, Bernard Hopkins.

Un sabio del boxeo que, a pesar de ser de los pocos que ha llegado al final de la ruta ante el noqueador ruso, jamás tuvo opciones de victoria ante el buen boxeo y la tremenda fortaleza física de su rival. Cuatro nuevas defensas de Kovalev le dejan ahora a las puertas de su supercombate ante Ward, a priori el más importante y complicado de su demoledora carrera.

WARD, UN SUPERDOTADO SIN CARISMA
La trayectoria de Andre Ward es realmente excepcional. Lleva 23 años sin perder un solo combate, desde que tenía 14 años y tan sólo pesaba 60 kilos. Hijo de un irlandés que fue boxeador amateur y una madre afroamericana cuya adicción al crack dejó sin apenas presencia en la infancia de Andre. A los nueve años, Frank Ward llevó por primera vez a su hijo al gimnasio. Allí conocería a la persona más influyente en su vida, su entrenador Virgil Hunter, con el que inseparablemente sigue trabajando hoy, y que además, sobre todo a raíz de la prematura muerte de Frank, ejerce de amigo, consejero y mentor.

Andre sabe que, desde el primer día, Hunter no sólo se interesó por Ward como boxeador sino principalmente como persona. Ward, por condiciones físicas y por mentalidad, estaba hecho para el boxeo. Rara vez se ha visto un deportista tan dominante desde sus principios. Fue en dos ocasiones campeón de los Estados Unidos, ganó todos sus combates en las eliminatorias de acceso al equipo nacional americano y se proclamó campeón olímpico en los Juegos de Atenas 2004.

Pese a que su medalla de oro fue la única conseguida por el boxeo estadounidense en dos ciclos olímpicos, Ward no tuvo ni mucho menos el recibimiento mediático de otros campeones olímpicos. Quizá porque el boxeo olímpico ya no era tan seguido por el gran público como años atrás, quizá porque su sonrisa no deslumbra como las de Sugar Ray Leonard u Óscar de la Hoya, o tal vez por el enfoque eminentemente táctico y estratégico de su boxeo. Tampoco levanta controversias como Mayweather. Ward es un aplicado científico, como una fusión entre Floyd y Hopkins, de los de la vieja escuela, un dominador de las perdidas, y no por todos apreciadas, artes y sutilezas del boxeo.

Cristiano practicante, Ward acude al menos dos veces por semana a la iglesia acompañado por sus hijos y su mujer Tiffinney, a la que conoce desde sus días en el instituto. Al gimnasio acude todavía con mayor frecuencia e idéntica devoción. Fuera de eso, Ward visita regularmente cárceles, reformatorios y centros juveniles. Su juventud no fue fácil y vivió en una comunidad machacada por la droga, y cree que su historia y sus logros pueden servir de ejemplo e inspiración.

Ward es un zurdo natural que boxea con guardia ortodoxa. Como profesional ha salido victorioso de sus 30 combates, la mitad de ellos antes del límite. Ha sido monarca indiscutido en el supermedio, división que literalmente limpió unificando los tres títulos mundiales más importantes y derrotando a todo campeón o contendiente que se cruzó en su camino. Fueron sus mejores años, entre 2009 y 2011, en los que salió como vencedor absoluto del Torneo Super Six imponiéndose con claridad a campeones como Mikkel Kessler, Arthur Abraham o el británico Carl Froch, ante el que el estadounidense dio una auténtica clase maestra de boxeo en sus tres distancias.

En total, ha disputado siete combates con título mundial en juego, pero sus últimos años han estado marcados por las lesiones y la falta de actividad: sólo cinco combates en los últimos cinco años. Un larguísimo contencioso con su antigua promotora, a lo que se sumó una operación en su hombro derecho, le mantuvieron largas temporadas alejado del cuadrilátero. Fue desposeído de sus títulos por no defenderlos en los plazos marcados, lo que aceleró su decisión de subir al semipesado en busca de nuevos retos.

Tras dos combates de rodaje, se enfrenta ahora al desafío más importante de su carrera. En sus dos últimas citas, Ward salió victorioso aunque llevándose algún golpe de más. Aparentemente, su precisión y sentido del tiempo y de la distancia se habían deteriorado con tanto parón. El californiano sabe que para imponerse a un boxeador como Kovalev, semipesado natural, de buena técnica y extraordinaria fuerza física, necesita recuperar su mejor versión. Quizá entonces sea capaz, por fin, de cautivar al gran público.

11 nov 2016

Muere Perico Fernández, el 'juguete roto' del boxeo español

[Escrito en El Español]
Su vida, su ascenso, los días de gloria como campeón mundial y su estrepitosa caída parecen sacados de una novela. Pero de esas malas, de las baratas, fáciles, predecibles y cargadas de tópicos. En este caso, tristemente real. El niño tartamudo del orfanato de Zaragoza que encontró su vehículo de expresión en el boxeo, deporte para el que fue un auténtico superdotado, ha muerto a los 64 años, viviendo sus últimos años prácticamente de la ayuda de las instituciones y de un puñado de amigos. Enfermo y sin un duro, como el de la novela mala.

En el ring fue una de las figuras más carismáticas que ha dado nuestro boxeo. Púgil vivo, listo, intuitivo, boxeador de la calle. Y con un ladrillo en cada mano. El que mejor le definió fue el maestro Manuel Alcántara: Perico era un bohemio del boxeo. Y de la vida. De carácter impulsivo e impredecible, dentro y fuera del ensogado. Pero con esa gracia natural, ese don que pocos tienen para enamorar al aficionado y al que no lo es tanto.

Un boxeador especial que tiraba más de genética y genialidad que de entrenamiento y sacrificio. De los que disfrutaban más, cuando llegó el dinero, en las salas de fiesta que en el gimnasio, que ya bastantes privaciones había sufrido de niño. Esquivas y desplantes con las manos bajas, golpes imprevisibles y fulminantes. Los boxeadores son tontos, decía, todos se ponen los guantes para protegerse pegados a la barbilla. Pues yo les pego en la frente y se caen. Y claro que se caían, pero porque era él el que los pegaba.

Fue campeón de España del peso ligero, dejando en la cuneta a grandes boxeadores como Kid Tano, Gómez Fouz o Manolo Calvo. Luego, en 1974, como mandan –o mandaban- los cánones, campeón de Europa, aunque en una categoría superior, la del superligero, título que arrebató a Tony Ortiz. Y ese mismo año, de ascenso imparable, se coronó campeón mundial WBC en Roma, al imponerse por puntos al japonés Lion Furuyama. Luego su primera defensa, en Barcelona ante el brasileño Joao Henrique.

Fue la noche en la que no dejaban entrar en el Palacio de los Deportes al celebérrimo José María García y Perico salió del vestuario a decir que o le dejaban entrar al pequeño a radiar o no había combate, como cuenta Vicente Ferrer Molina en su biografía del genial periodista. García entró y Perico despachó a su retador en nueve asaltos.

En julio de 1975, días convulsos en una España que afrontaba el final de un régimen de 40 años, el aragonés viajó a Bangkok a medirse con su bestia negra, el tailandés – Perico le decía el chino- Saensak Muangsurin, que le despojó de su corona al imponerse al español en ocho asaltos. Muangsurin entraba en la historia, era tan sólo su tercer combate de boxeo profesional. Nadie ha conseguido un campeonato del mundo con tan pocos combates, aunque venía con una larguísima trayectoria en el Muay Thai. Perico siempre dijo que algo le habían echado en la comida que afectó a su rendimiento.

Rehízo su carrera proclamándose campeón de Europa del peso ligero pero, dos años después del primer enfrentamiento, Muangsurin le daba la oportunidad a Fernández de recuperar su cinturón. Y esta vez en Madrid, en el Palacio de los Deportes. Pero de nuevo el oriental al que apodaban La Sonrisa del Diablo se hizo con el triunfo, esta vez a los puntos.

Perico no volvió a alcanzar la gloria. Suficientemente bueno como para ganar casi todos su combates en España, pero ya no le daba su boxeo para retos mayores. En tres ocasiones más disputaría el campeonato europeo, pero infructuosamente. El del ligero ante el escocés Jim Watt en 1978, el del superligero dos años más tarde ante Jo Kimpuani y finalmente el del wélter en 1984 en Italia ante Gianfranco Rossi. Tres derrotas por puntos, ningún demérito. Watt y Rossi serían posteriormente campeones mundiales. Y a partir de ahí, hasta su retirada definitiva en 1987, un marcado declive con derrotas ante boxeadores que jamás le hubieran puesto un guante encima en sus años gloriosos.

Pero ese don para manejarse con soltura en un ring no lo tuvo nunca para desenvolverse fuera de él. Fumaba, bebía, era desordenado y además generoso en exceso. Su vida sentimental tampoco tuvo estabilidad: cinco hijos de relaciones diferentes. Durante años vivió de vender sus cuadros, principalmente a sus amigos, de entre los cuales el principal benefactor fue José María García. También de la ayuda de su amigo José Luis Mariscal, o el también campeón mundial José Antonio López Bueno. La naturaleza no le hizo para el trabajo de 9 a 5. Tozudo y orgulloso, como buen aragonés. Célebre es su respuesta cuando, con el objetivo de ayudarle y dotarle de un salario estable, le ofrecieron un puesto de conserje en Zaragoza: “Si quieren un portero, que fichen a Zubizarreta”.

En varias ocasiones se le organizaron actos de homenaje, con el fin de aliviar su precariedad. Primero de pensión en pensión, otras veces en algún club de alterne, o un lupanar, como él decía. Su diabetes y el alzhéimer agravaron una situación ya de por sí agónica. Todos estos bienintencionados actos de apoyo al final eran meros parches. Perico fue uno de esos ídolos, casos aislados, casi de generación espontánea, que fue capaz de hacer vibrar a todo un país, como Manolo Santana, Paquito Fernández Ochoa o Ángel Nieto. Pero encima en una época en la que el boxeo era uno de los tres deportes del pueblo junto con el fútbol y el ciclismo.

Se nos va un deportista genial y excepcional, un ser humano cariñoso y desprendido que acabó como esos protagonistas de novela mala, arruinado y sin salud. Héroe en esa España en la que el franquismo agonizaba. Sin duda, uno de los mejores y más fascinantes campeones que ha tenido el boxeo español.

6 nov 2016

El senador Pacquiao, campeón mundial wélter

[Publicado en El Español]
A sus 37 años, el sorprendente Manny Pacquiao vuelve a proclamarse campeón mundial al arrebatar el cinturón de la WBO del peso wélter al californiano Jessie Vargas con una clara victoria por puntos. Es éste un título que Manny ya poseyó en el pasado en dos ocasiones, uno más para su interminable colección de trofeos desde que debutó como profesional con 16 años por unos pocos pesos.

Ahora el excepcional púgil filipino vuelve a hacer historia como el primer senador que obtiene un título mundial de boxeo. La decisión fue unánime. Dos jueces puntuaron el pleito 118-109 mientras que el tercero, Dave Moretti, dio el triunfo a Pacquiao por un incomprensiblemente escaso 114-113.

Era la primera defensa que hacía el estadounidense. Manny mostró un poderío físico y una velocidad realmente impropia de un púgil de su edad. Con su boxeo de zurdo y la utilización de ángulos en sus ataques dominó a Vargas durante la mayor parte de los asaltos. Incluso en el segundo round, Manny derribo al campeón con su tradicional directo de izquierda. El filipino, siempre ambicioso, declaró tras el combate que intentó buscar en todo momento la victoria por KO, pero no fue capaz de conseguirlo. Pacquiao sigue siendo excepcional, pero no gana un combate antes del límite desde 2009.

El récord del filipino es ahora de 59-6-2 (38) mientras que el de Vargas queda en 27-2 (10)

POSIBLE REVANCHA CON MAYWEATHER
Los más de 16.000 espectadores que se dieron cita en el Thomas & Mack Center de Las Vegas, como siempre, se volcaron con Pacquiao, coreando su nombre durante todo el combate. Y bien visible, en el ringside, Floyd Mayweather concitaba todas las atenciones. Lleva un año retirado, pero anoche más que nunca se volvió a hablar de la posibilidad de que regrese a los cuadriláteros para obtener su quincuagésima victoria, precisamente ante Pacquiao, con quien en mayo de 2015 protagonizó el combate que batió todos los récords económicos de la historia.

Pese a que el primer enfrentamiento entre ambos resultó decepcionante, a día de hoy, un reencuentro entre Manny y Floyd generaría de largo muchísimo más dinero que cualquier otro combate.

Tras su última victoria ante Tim Bradley, en abril, Pacquiao había anunciado su retirada del boxeo para centrarse en la política y en el mes de mayo fue elegido senador en su país natal, Filipinas. Pero poco duró su no muy convencida jubilación. Pacquiao tardó poco en descolgar los guantes y anoche demostró que, si bien nunca volverá a ser la diabólica máquina de combatir que maravilló especialmente entre 2005 y 2010 con espectaculares triunfos ante boxeadores como Erik Morales, Marco Antonio Barrera, Juan Manuel Márquez, Óscar de la Hoya, Ricky Hatton, Miguel Cotto y Antonio Margarito, el senador, pese a su edad y sus batallas, es mejor que la mayor parte de los boxeadores de su categoría.

No es el que era, pero no tuvo excesivos problemas para imponerse a un campeón que tenía un estilo que le venía al filipino como anillo al dedo. El californiano de sangre mexicana, diez años más joven que él, era el campeón del wélter que, por categoría y estilo, menos complicaciones le podía ofrecer a Pacquiao. Parecía hecho a su medida. A pesar de estar ya en su cuesta abajo deportiva, Manny lució más rápido y con más movilidad que su oponente e incluso acabó con más fuelle en el tramo final.

Jessie Vargas no deja de ser uno de esos boxeadores que llegan a obtener un título mundial por la grotesca proliferación de organismos, buen púgil pero con limitaciones ante la verdadera élite. Aun así, el filipino hubo de tragarse durante el combate numerosos derechazos de Vargas, que de haber sido un púgil con mayor plomo en sus guantes podrían haber variado el rumbo del combate. Pero PacMan sigue emocionando y su tirón es indiscutible. Su enfático triunfo deja claro que volverá a subirse al ring.

Ya han comenzado las conjeturas sobre quién será el próximo oponente del senador electo, y se empieza a hablar de boxeadores como Adrien Broner, Amir Khan o campeones como Danny García, Keith Thurman o Terence Crawford. Todos ellos, sin duda, rivales muchísimo más complicados que Vargas. Aunque de momento son solo tiros al aire, Pacquiao y su promotor, Bob Arum, serán cuidadosos a la hora de seleccionar el rival. En realidad el sueño del filipino es cerrar su carrera con un multimillonario combate de revancha contra Mayweather.

Pacquiao ha ganado durante su carrera más de 450 millones de euros, de los que ha destinado una parte muy importante a obras sociales en su país. Si indiscutiblemente Mayweather ha sido el mejor de las últimas décadas, Manny ha sido el más querido y el que más ha emocionado a los aficionados. Frente a Vargas demostró que es capaz de compatibilizar sus tareas como senador con las de un campeón de boxeo. Está dando sus últimos coletazos deportivos pero aún le queda mecha para un par de combates. Tendrá que saber rentabilizarlos, tanto deportiva como económicamente.

Tras lo de anoche, y ante la falta de figuras en la actualidad que se les asemejen en carisma y tirón popular, en los próximos meses se volverá hablar del Mayweather-Pacquiao II más que de ningún otro combate.

21 oct 2016

Bernard Hopkins, el increíble abuelo del boxeo

[Publicado en El Español]
El próximo 17 de diciembre, a tan sólo un mes de cumplir 52 años, en el mítico Forum de Inglewood, Bernard Hopkins se subirá al ring por última vez. Y lo hará enfrentándose a Joe Smith Jr, un peligroso rival, 24 años más joven que él, con un fantástico récord y que viene de obtener el triunfo más importante de su carrera. Fiel a su filosofía, nada de peritas en dulce. Dejará atrás 28 años de profesionalismo y una de las carreras más sobresalientes y asombrosas de la historia del boxeo.

Un caso realmente insólito de longevidad deportiva sin parangón. ¿Alguien es capaz de imaginarse a un cincuentón en la NBA, en la Liga de Campeones de fútbol o en un Grand Slam de tenis? Bernard Hopkins es 13 años mayor que Gianluigi Buffon y 11 años mayor que Dino Zoff cuando fue campeón mundial con Italia. Y son porteros, que en un jugador de campo esas edades serían inconcebibles. El camerunés Roger Milla jugó un Mundial con 42, casi diez menos de los que tiene ahora Bernard. Tiene 15 años más que Xavi Hernández, por poner otro ejemplo. Y eso es en una cancha, que envejecer en un ring es mucho más complicado y peligroso. “Ya me llamaban viejo cuando con 35 años noqueé a Félix Trinidad”, suele recordar Hopkins.

Está muy lejos de la figura decadente del boxeador que alarga su carrera en una cuesta abajo sin sentido. Al revés, él sigue siendo élite, uno de los mejores. Sin duda el que más sabe. Su físico es portentoso para su edad porque nunca ha dejado de entrenarse y cuidarse en todos los aspectos: ni drogas ni alcohol y una alimentación minuciosamente estudiada.

Su porte es de una innata elegancia, tanto en ropa deportiva como con sus trajes a medida. Cabeza afeitada y nariz picassiana, resultado de sus largos años ejerciendo la profesión de guerrero. Fuera del ring, sonríe y nos muestra el llamativo hueco entre sus incisivos centrales. Pero conserva una mirada que a día de hoy sigue reflejando un toque de tristeza a pesar de todo lo que ha llegado a conseguir. Una tristeza que se quedó ahí anclada los días en los que no se le conocía por su nombre, sino como el recluso Y4145 del penal de Graterford.

Lleva dos años sin subir al ring desde que perdió sus títulos ante el temible noqueador ruso Sergey Kovalev, que tan sólo pudo vencerle a los puntos. Y ahora ha decidido despedirse con otro complicado combate. No lo hace por dinero, que Hopkins ha ganado mucho y ha invertido bien. Además, tiene su futuro garantizado como parte de Golden Boy, la promotora de su amigo Óscar de la Hoya, al que, por cierto, Hopkins noqueó en su día con un tremendo zurdazo al hígado. Fue éste, en 2004, su último KO. Desde entonces, doblega a sus adversarios, más fuertes, más rápidos y más jóvenes que él, con su maestría y experiencia.

Hopkins es el boxeador que se ha proclamado campeón mundial con más edad, superando el récord del viejo George Foreman. Lo hizo con 46 años, cuando derrotó a Jean Pascal para hacerse con el campeonato mundial WBC del semipesado en 2011. Batió de nuevo su propio récord en 2013 con 48 años, un mes y 22 días, al derrotar a Tavoris Cloud por el título de la IBF. Su última defensa exitosa, en la que además se hizo también con el título de la WBA contando con 49 años, dando una lección de boxeo ante Beibut Shumenov.

Pero no sólo eso. El maestro de Filadelfia fue además campeón mundial unificado del peso medio. Reinó durante diez años, de 1995 a 2005, con 20 defensas del título, récord histórico en la categoría reina del boxeo, superando con creces las 14 del legendario Carlos Monzón. Campeón en dos pesos, a lo largo de su carrera ha derrotado a 16 campeones mundiales. Destaca que además acabó con la condición de invictos de boxeadores como Glen Johnson, Félix Trinidad o Kelly Pavlik. Su lugar en el Salón de la Fama del boxeo está garantizado y es, sin duda, uno de los más grandes maestros de la dulce ciencia de todos los tiempos.

CARNE DE CAÑÓN
No está nada mal para un producto del más duro gueto del norte de Filadelfia, ciudad de boxeo por antonomasia, nacido en una familia de ocho hermanos, a quien sus profesores le vaticinaron que no llegaría a cumplir los 18 años. Se equivocaron, aunque por escasos centímetros. Con 14 años le clavaron un picahielos que le perforó el pulmón y que estuvo muy cerca de alcanzarle el corazón. Un año más tarde, le clavaron un cuchillo por la espalda. Y no fue la última. Carne de cañón.

Primero, de niño, empezó prestando protección a quien lo requería, muchas veces a chicas o a sus compañeros más débiles si eran acosados. No lo hacía gratis, normalmente pedía a cambio un sándwich de mantequilla de cacahuete y plátano. Luego empezaron los líos. Le gustaba apostar y, ganase o perdiese, siempre volvía con dinero a casa. Si no llevas ropa buena y cadenas de oro, no eres nadie en el gueto. Robos, hurtos y otros delitos. Eso sí, siempre con sus códigos: jamás robó a una mujer y jamás disparó un arma. Sabía utilizar dos herramientas que tanto juego le darían mucho más tarde en el ring: la psicología y la intimidación.

Pero con 17 años, y más de 30 visitas a los juzgados, con nueve delitos, le condenaron a 18 años de prisión. En la cárcel de Graterford, Y4145 tuvo que convivir con violadores, pederastas, asesinos y mafiosos. Allí vio con sus propios ojos cómo un recluso asesinaba a otro con un punzón en una discusión por una cajetilla de tabaco. También allí, en el limitado tiempo que tenían para utilizar el teléfono, y con otro preso dándole palmadas en la espalda para que se diera prisa porque ya había rebasado su turno, su madre le comunicó que su hermano Michael estaba muerto. Le habían pegado un tiro por la espalda. Era el momento de cambiar.

Algo hizo clic dentro de la cabeza de Bernard. Empezó a estudiar y a leer. Tuvo la suerte de que la prisión en la que estaba internado era una de las seis que habían puesto en marcha un programa de boxeo. Bernard ya tenía alguna experiencia, aunque poco seria. Y al boxeo se aferró para no volver a torcerse. Este deporte y el Islam, religión a la que se convirtió estando preso, regirían su vida a partir de entonces y ya para siempre. La dedicación de Bernard por el boxeo fue completa. Sabía que era la mejor terapia para mantenerse sano física y mentalmente. Y empezó a dar sus frutos. En cuatro ocasiones consecutivas sería campeón penitenciario en el peso medio.

Tras sacarse un título escolar, y en parte gracias a sus éxitos como boxeador, Hopkins, con 23 años, salió finalmente de Graterford. Allí estuvo encerrado 56 meses, casi cinco años. Ahora, tenía que afrontar los nueve siguientes en libertad condicional, en los que sabía que el más mínimo desliz supondría volver a vivir entre rejas. “Seguro que muy pronto estarás de nuevo por aquí”, se despidió de él uno de los guardianes de la prisión. “No, aquí ya no vuelvo nunca más”, respondió Bernard.

Fuera, las cosas habían cambiado. La mayoría de sus colegas estaban muertos o encerrados. Tenía claro que no iba a volver a delinquir, pero el título que se había sacado en la cárcel tampoco daba para mucho. Su única vía de escape era el boxeo. Era la más lógica, además. Pero su debut en el boxeo rentado fue desastroso. A Bernard le pusieron frente a un boxeador de mayor experiencia y que era un semipesado, demasiado grande para él. Perdió por decisión mayoritaria. Salió defraudado consigo mismo y no volvería a subir a un ring hasta 18 meses más tarde.

CAMPEÓN DE LEYENDA
Fue a partir de ponerse a trabajar con el entrenador Bouie Fisher (años más tarde lo sustituiría su discípulo Naazim Richardson) cuando realmente la carrera de Hopkins despegó. Disputaría 49 combates consecutivos en los que tan sólo salió derrotado en una ocasión, a los puntos ante Roy Jones Jr la primera vez que disputó el Mundial. Reinó en el peso medio a los 30 años, y es el único boxeador que ha sido capaz de hacerse en una categoría con los cuatro títulos de las organizaciones más importantes. En total, 10 años de reinado con 20 defensas exitosas. Más que suficiente para ganarse su sitio entre los más grandes del boxeo.

Tras perder sus títulos en dos combates muy apretados ante el imbatido Jermain Taylor, daba la impresión de que Hopkins, con 40, se iba a retirar definitivamente. No fue así y de nuevo buscó el más difícil todavía. Subió de golpe dos categorías para buscar la gloria en el semipesado, categoría en la que, a pesar de dos derrotas por puntos ante Joe Calzaghe y Chad Dawson, también fue capaz de hacerse con los títulos de la WBC, la IBF y la WBA. El último de ellos, con 49 años.

AJEDREZ EN EL RING
Otro de los aspectos más llamativos de su longeva carrera es la manera en la que, con los años, Hopkins ha ido cambiando su estilo. En sus años de hegemonía en el peso medio, era un peligroso noqueador. Pero sobre todo a raíz de subir de categoría, y según sumaba años, el Ejecutor dio paso al Alien. Sabía que se enfrentaría a púgiles que le superaban físicamente en todo: más jóvenes, más rápidos, más fuertes. Pero no más inteligentes.

Ha sido siempre un maestro de los aspectos psicológicos de una batalla. En las presentaciones o en los pesajes, Hopkins manipula, toca, prueba, mide y busca dudas y debilidades en sus rivales. Es un estudioso de “El Arte de la Guerra” de Sun Tzu y aplica todos sus principios en el ring. Es un dominador de las artes perdidas del boxeo, de la finta, del engaño, de la provocación y del falso golpe. Es especialista en que los buenos parezcan malos, porque no les deja hacer lo que quieren hacer.

Sus rivales dudan. Si ven un hueco, no saben si es un descuido que pueden aprovechar o si es una trampa que les ha tendido el viejo zorro. Sabe fallar golpes a propósito para provocar la reacción y el movimiento deseado en su rival. Bernard es como el buen jugador de ajedrez, que cuando hace un movimiento lo hace previendo lo que va a pasar en los siguientes cinco o seis.

En Canadá, por ejemplo, la noche que conquistó el Mundial semipesado a los 46 años, Hopkins dominaba con su mejor boxeo al fortísimo Jean Pascal. Quería evitar que su rival albergase la esperanza de que, en los últimos rounds, el viejo retador se iba a cansar. Cuando iba a comenzar el séptimo asalto, el abuelo Hopkins esperaba en el centro del ring a su sorprendido oponente, 18 años más joven que él, mientras hacía flexiones de brazos.

En ocasiones, no siempre, dependiendo del estilo del rival, su boxeo provoca combates poco vistosos para el aficionado, que busca más la acción y la emoción que la maestría y el arte. Algunos de sus enfrentamientos fueron calificados de farragosos y aburridos. Incluso, en alguna ocasión, su boxeo ha provocado abucheos. Pero eso a Bernard no le influye: “Me da igual, soy de Filadelfia y he visto a gente abuchear hasta a Santa Claus”.

Tampoco, como Jack Dempsey, Fritzie Zivic o Harry Greb, tiene reparos en bordear el reglamento. Un cabezazo o un golpe bajo, aprovechando el lado ciego del árbitro, son recursos que ha utilizado en más de una ocasión. O como le confesaba al respecto al gran escritor Thomas Hauser, “hay un tiempo para ser humilde y un tiempo para la guerra. El boxeo no es una broma, es algo serio, una guerra. No estamos en la iglesia, estamos peleando”.

Ahora que se retira, seguirá vinculado al boxeo como parte de la promotora Golden Boy y continuará apareciendo como comentarista de televisión. Nadie hay capaz como Bernard de ver y entender todo lo que acontece en un ring. Podrá dedicar más tiempo a su mujer, Jeanette, y a sus tres hijos. Seguirá también, como hasta ahora, muy activo con obras sociales, charlas a jóvenes y visitas a hospitales, cooperando con organizaciones benéficas. Jamás ha olvidado de dónde procede. Bernard Hopkins es una figura que, por conocimientos y también como ejemplo de superación, el boxeo no puede desaprovechar.
El próximo 17 de diciembre se cerrará así una de las carreras más extraordinarias de la historia del deporte. Quiere irse a lo grande y promete buscar un triunfo por KO. Eso es casi ya lo de menos. Lo importante es que nos despedimos de una figura fantástica y, sobre todo, irrepetible.

7 jun 2016

El verdadero idiota

[Publicado en Espabox]
Escribo estas líneas desde la tristeza por la muerte de Muhammad Ali, al que siempre he admirado como deportista y como ser humano. Con sus sombras y errores, por supuesto, como todos los héroes. Siempre dije que si me hubieran dado la oportunidad de pasar cinco minutos con cualquier personaje de la historia, le hubiera elegido a él. 

También las escribo desde la decepción con un periódico como El País, tradicionalmente opuesto al boxeo, como figura en sus principios editoriales, pero que en los últimos meses había publicado algunas informaciones relacionadas con el boxeo en sus páginas de cultura. Incluso he leído en este diario algunos artículos y hasta el obituario dedicado a Ali, escritos con respeto a pesar de algunas imprecisiones históricas. Pero, sobre todo, las escribo desde la indignación por la bajeza de un escritor, por muchos premios que le hayan otorgado.

El artículo “El idiota” de Sergio Ramírez, publicado en el diario El País el pasado 5 de junio con motivo de su fallecimiento, es una nauseabunda falta de respeto a una figura como Muhammad Ali, de reconocimiento universal, un luchador que hasta sus últimos días ha sido ejemplo de valentía y dignidad. En su descripción distorsionada del combate ante Frazier en Manila, ni me molesto en entrar. Pero tildar a un enfermo de párkinson de lerdo idiota me parece, además de una falta de rigor, una falta de humanidad solamente explicable desde algún tipo de rencor o una personalidad cargada de complejos en quien lo escribe. Una lamentable ofensa que se hace extensiva a todos los aquejados por tan terrible y cruel enfermedad.

Del Ali boxeador he admirado incluso más su valentía y su carácter que su inmenso talento. Como luchador por una causa, se esté o no de acuerdo con ella, su generosidad por renunciar a todo por defender sus ideas. A veces con el paso del tiempo podemos perder la perspectiva real de una decisión ¿Se imaginan a un deportista de la talla de Messi o Cristiano Ronaldo dispuesto a perder cuatro temporadas de su carrera, las de sus mejores años, con alto riesgo de no volver a jugar nunca más e incluso de ir a la cárcel, renunciando a sus millonarios contratos, a la Champions, al Balón de Oro, a sus contratos publicitarios? Pues eso es lo que hizo Ali. Por principios. Como para que venga ahora un señor a buscar notoriedad faltándole al respeto.

Pero si hay un aspecto en el que he admirado aún más a Muhammad Ali es en la manera orgullosa, digna y valiente de llevar tan temible enfermedad. Una enfermedad en la que los mejores doctores que han tratado y estudiado el caso de Ali coinciden en que no tiene que ver con su actividad como boxeador. Un síndrome que afectaba gravemente su capacidad de movimiento y su habla, no su raciocinio. Quien en su día fue el peso pesado más veloz de la historia tenía dificultades para moverse sin ayuda; al deportista más locuaz y sorprendente en sus rápidas respuestas, le costaba trabajo hacerse entender. Un desenlace duro y cruel. Pero el Ali enfermo dio paso de nuevo al Ali luchador. 

Cuando en la ceremonia de apertura de los juegos de Atlanta 96, aceptó ser el encargado de encender el pebetero olímpico ante los ojos de millones de espectadores, mostrándose ante el mundo enfermo, débil, tembloroso y vulnerable, pero orgulloso y digno, protagonizó uno de los ejemplos de amor, valentía y generosidad más grande que se recuerde en la historia del deporte. De nuevo eligió el compromiso frente a la comodidad. Una nueva declaración de intenciones y un nuevo ejemplo. Aunque después de leer el citado artículo, parece que alguno no supo o quiso entenderlo.

El mismo Muhammad Ali nos habló de su actitud frente a la enfermedad en su libro “The Soul of a Butterfly”, una maravillosa lectura imprescindible para entender a un personaje tan carismático y complejo. Me permito reproducir aquí algunas líneas: 
Hay miles de personas en el mundo, todos los días, a los que se les diagnostica el párkinson y otras enfermedades. Y sé que muchas de ellas me miran en busca de orientación. Cuentan conmigo para ser fuertes. Saber esto me proporciona parte de la fuerza que me hace falta para seguir adelante. Es una de las razones por las que sigo viajando y haciendo apariciones por todo el mundo. Viviendo mi vida públicamente espero demostrar a todos aquellos que padecen alguna enfermedad de cualquier tipo que no se tienen que esconder o que sentir avergonzados.

Cuando me diagnosticaron párkinson no sabía qué dirección iba a tomar mi vida. No me gustaba la idea de tener que depender de medicinas. Durante un tiempo me negaba a tomar los medicamentos. Incluso hubo un período en el que no quería hacer entrevistas en televisión, principalmente porque no quería que la gente sintiera pena por mí y tampoco quería decepcionar a mis admiradores. Mis temblores y mi voz atenuada se me hacían difíciles de aceptar al principio.

Pero después me empecé a dar cuenta de que mi forma de afrontar la enfermedad iba a tener un efecto en otras gentes que sufren el párkinson u otras enfermedades. Saber que ellos cuentan conmigo me da fuerza. Y una vez más me doy cuenta de que yo necesito a la gente tanto como la gente me necesita a mí. Ahora estoy en paz, como nunca antes y no siento pena de mí mismo, así que no quiero que nadie sienta pena por mí”.

Muhammad Ali fue un joven negro al que un día le robaron su bicicleta, que se convirtió en el rostro más reconocible del planeta y cuya fotografía ha presidido millones de paredes en habitaciones y despachos de gentes de distintas generaciones alrededor del mundo, incluidas las de la oficina electoral del ahora presidente Barak Obama, quien siempre le tuvo como modelo, ejemplo y referencia. Un luchador que hasta su último aliento nos ha dado una lección de serenidad y generosidad.

De idiotas y lerdos, por desgracia, está el mundo lleno. Y la inmensa mayoría de ellos jamás se puso unos guantes de boxeo, que para eso hacen falta atributos muy especiales. Releo lo escrito por Ramírez, por si acaso, pero me reafirmo en mi primera impresión. A pesar de los muchos premios que le han dado como escritor y cuentista, lo de “El Idiota”, más que el título del artículo publicado por El País, debería haber sido la firma de quien lo escribe. Hubiera sido mucho más justo y acertado.

16 mar 2016

"El gran problema del boxeo son el caos organizativo y la proliferación de títulos"

[Entrevista para Nostresport

Cuéntenos en primer lugar cómo se acerca al mundo del ring y de dónde viene esa afición tan fuerte.
Vengo de una generación en la que el boxeo siempre estuvo presente y recuerdo cuando era un niño como se vivió el triunfo de José Durán en Japón, por poner un ejemplo, o como tuve de regalo de reyes unos guantes de boxeo y un punching ball. Y también, como a otros muchos de mi generación, la película de Rocky me marcó de chaval. A partir de ahí me tragaba cualquier combate que pudiera verse en televisión y me empecé a comprar revistas, libros y todo lo que caía en mis manos, de forma compulsiva.

Es un deporte muy desconocido por todo aquel que no sea aficionado y con grandes lagunas y prejuicios, ¿verdad?
En otros países no ocurre lo mismo, pero aquí, en España, ha habido mucho tópico, mucho desconocimiento y mucha influencia de cierto tipo de cine. Cuando cuentas que tu pasión es el boxeo parece que te tienes que justificar porque enseguida lo asocian a aspectos negativos. En otros lugares no ocurre lo mismo. 

Cuando les cuentas que eres periodista y te que dedicas al boxeo, te mencionan a Hemingway o a Norman Mailer, o inmediatamente te relatan lo mucho que admiran a Muhammad Ali o cualquier otro boxeador. Aunque también creo que, afortunadamente, esa visión negativa del boxeo cada vez va siendo más anacrónica y residual. Pero está claro que en España la imagen del boxeo aún paga ciertos postureos de progresismo mal entendido que ciertos sectores intentaron imponer décadas atrás.

¿Qué grandes mitos destacaría en toda la Historia? ¿Y en España? Aunque la lista es casi infinita…

Hay tantas grandes leyendas del boxeo que es muy difícil escoger. Pero hay dos que siempre me gusta destacar porque, además de haber sido grandes campeones, trascendieron lo meramente deportivo y tuvieron un impacto histórico y sociológico como ningún otro deportista. Se trata de Joe Louis y de Muhammad Ali. 

La importancia y la influencia que tuvieron en la sociedad de su época son tremendas, inalcanzables para ningún otro deportista de la historia. No solo son boxeadores, son personajes históricos. No hay ningún otro deportista que se les pueda acercar en este sentido. En España ha habido también grandes figuras y sería injusto citar solo a unos pocos.

Realiza conferencias y charlas. ¿Cuáles han sido las más destacadas y qué proyectos tiene?
Lo de las conferencias es algo más ocasional pero que he disfrutado mucho. He dado algunas sobre boxeo y música. Recientemente, en el Centro Sefarad de Madrid, di una conferencia titulada “Judíos en el ring”, sobre los grandes boxeadores judíos y la huella que dejaron en el desarrollo y la evolución de nuestro deporte que, aunque no sea un fenómeno conocido, fue enorme. Sigo como comentarista en Eurosport, ya van más de veinte años, y con colaboraciones en prensa. Pero lo que más me gustaría es terminar un libro con historias de boxeo, no de ficción, todas reales. Lo tengo empezado pero tengo que encontrar tiempo para terminarlo. Ese proyecto me ilusiona mucho.

¿Qué factores en España hicieron que un gran deporte, referente en los 70 con el fútbol y el ciclismo, tuviera un tan mal trato en los siguientes años? ¿Por qué esa injusticia? Intereses, modas, negocios…
Sinceramente, como dije antes, creo que fue auténtico postureo como se dice ahora. Eso sí, hubo una serie de personas que estaban en puestos de influencia que adoptaron ese rechazo al boxeo casi más como una postura estética y dejaron nuestro deporte muy tocado. Hicieron muchísimo daño. Pero también creo que han quedado ya totalmente desfasados. 

No creo que exista ahora tanto rechazo como pudo haber en esos años. Ahora toca volver a construir. Pero los jóvenes se están acercando al boxeo. Internet y las redes sociales han abierto muchas posibilidades de que la gente encuentre lo que busca y lo que le gusta y hay muchísimos jóvenes aficionados que han llegado al boxeo por estas vías. Y los gimnasios vuelven a estar llenos, tanto de competidores como de gente que tan solo quiere hacer deporte y mantenerse en forma.

¿Hay hipocresía en el tratamiento periodístico del boxeo en la actualidad?
Yo creo que no, lo que pasa es que se ha perdido mucha tradición y las noticias que aparecen de boxeo son escasas. Pero como vimos con el reciente combate entre Mayweather o Pacquiao, prácticamente todos los medios informaban del combate como un gran acontecimiento mundial. Lo malo es que a veces se quedaban solamente con lo anecdótico.

¿Qué estilo era mejor: Ali o Tyson?
-Ambos fueron boxeadores muy especiales, cada uno a su manera. Y con los dos he disfrutado muchísimo. Pero como boxeador, para mí el más cercano a la perfección es Sugar Ray Robinson.
¿Los valores de la época de Schmeling-Joe Louis siguen vigentes?
-Los grandes valores del boxeo siempre se han mantenido a lo largo de la historia. Pero lo de Joe Louis y Max Schmeling es irrepetible. Jamás en la historia ha habido un acontecimiento deportivo de mayor importancia sociopolítica que el campeonato mundial entre Louis y Schmeling de 1938. En realidad fue el primer round de la II Guerra Mundial. 

Un boxeador negro que de golpe se convierte en el símbolo de los Estados Unidos y la democracia y Schmeling, que el pobre sin quererlo, iba a representar la superioridad de la raza aria. Roosevelt por un lado y Hitler por el otro. Un combate con una historia y un trasfondo apasionante. Pero por encima de eso, de esa rivalidad, surgió una preciosa relación de amistad, respeto y cariño entre los dos boxeadores.

Pero un buen ejemplo de lo que prima a nivel de espectáculo periodístico es que no se destacan esos valores y sí por ejemplo el mordisco de Tyson a Holyfield. ¿Sería muy visual como ejemplo no?
-Hombre, lo del mordisco fue tan insólito, y encima con un boxeador tan popular como Tyson, que es normal que apareciera en los medios. Lo malo es no entender que eso fue algo totalmente excepcional y ajeno a lo que normalmente ocurre en un ring de boxeo. 

Si en un partido de fútbol un jugador le pega un mordisco a otro y lo captan las cámaras, lo repetirían también hasta la saciedad, pero todo el mundo lo entendería como algo asombroso y excepcional , sin poner en tela de juicio al fútbol. Con nuestro deporte no ocurre esto. Si algo extraño pasa parece que se pone en entredicho al boxeo en su conjunto.

¿Cuál ha sido su trayectoria a nivel de medios de comunicación?
-Soy licenciado en Periodismo y empecé en una agencia de televisión, EditMediaTV, que fue una auténtica escuela. Fui comentarista de boxeo en Antena 3 TV y llevo ya veinte años como comentarista en Eurosport. También estuve varios años en Radio Marca y he colaborado con muchos medios. En la actualidad escribo de boxeo para El Español.

Desde Nostresport y Radio 4G Valencia llevamos tiempo apostando por deportes no tan bien tratados por la prensa en general como puede ser el fútbol. Ahí está nuestra labor sobre el ‘Tigre de Alfara’. ¿Qué le parecen casos así? Un mito en Valencia, olvidado por la poca cultura de deporte que existe en España… Recuerda el caso a los Paulino Uzcudun, Urtain…
-Creo que en España, salvo excepciones, hemos descuidado mucho nuestro pasado y es una lástima. Por eso considero el libro sobre Martínez de Alfara y todo lo que estáis haciendo como una auténtica joya y un acto de justicia histórica. Han sido grandes deportistas, personajes públicos y auténticos ídolos y no se merecen caer en el olvido.

¿Qué le parecen las películas que se suelen hacer sobre boxeo? De Rocky, pasando por Toro Salvaje, Cinderella Man…

-A Rocky la tengo un cariño especial porque me dejó marcado, aunque también creo que las sucesivas películas empezaron a caer en un boxeo ficción excesivamente exagerado. A mí me gustan más las películas basadas en biografías reales como “Toro Salvaje”, “Cinderella Man” o “Marcado por el odio”. El boxeo tiene tanta riqueza en historias reales que no le hacen falta guionistas. Hay biografías de boxeadores que son increíbles y apasionantes. Por lo general, las películas basadas en guiones ficticios tienden a caer en los tópicos. Me quedo con las historias reales.

En España, ¿Se entiende de boxeo o es sólo una pasión? ¿Hay entendidos, pero son pocos, o se domina aceptablemente?
-Se ha perdido mucha tradición. Hasta bien entrados los 90, en cada medio de comunicación importante había alguna persona más o menos especializada en boxeo, aunque compartiera esa función con otros deportes y eso se perdió. Aunque soy optimista porque, en parte gracias a las redes sociales, es algo que se va recuperando.

¿Cómo ve el futuro del boxeo en España?
-Sinceramente, con optimismo. El boxeo siempre ha resistido a pesar de que hemos tenido etapas muy difíciles. Aquí, sin el apoyo firme de una televisión, es difícil planificar y a nuestros boxeadores les toca generalmente salir fuera a disputar títulos. Pero el número de licencias crece y hay mucho más boxeo de lo que la gente se cree.

Alemania es ,en Europa, de las naciones donde más se apuesta por lo pugilístico. ¿Es el ejemplo a seguir?

-En Alemania lo que ocurrió en el boxeo fue una auténtica eclosión. Hubo una figura, la de Henry Maske, campeón olímpico con la República Democrática de Alemania, que tras la unificación pasó a profesional y se proclamó campeón del mundo. Se convirtió en un fenómeno de masas y casi en un símbolo de la nueva Alemania. Abarrotaba los recintos y batía todos los récords de audiencia en televisión. 

El boxeo se puso de moda y todas las figuras del arte, la cultura y la política se pegaban por aparecer en las veladas. Y a la estela de ese fenómeno, y con el poderío económico que tienen, Alemania se convirtió en una gran potencia donde el boxeo es uno de los deportes más seguidos y respetados. Es un modelo que creo que es imposible reproducir en España. En Gran Bretaña el boxeo siempre será uno de los deportes más populares y más arraigados en su cultura, de ahí que los canales de televisión den boxeo y puedan meter 60.000 espectadores en Wembley para ver un combate.

Los grandes lugares clásicos para crear boxeadores pueden ser México, USA, Irlanda, Filipinas, Cuba, Rusia… ¿Pero qué nuevos países son clave para el futuro?

-Es curioso el caso de Japón, uno de los países más prósperos del mundo y que vive un momento dorado en boxeo. Siempre han tenido buenos campeones pero en la actualidad se están convirtiendo en una auténtica potencia en las categorías livianas. Y ojo también a China. Aún les falta mucho, pero se están volcando con el boxeo y creo que si trabajan bien tendrán sus frutos.

En la actualidad, ¿Qué boxeadores son los mejores 'libra por libra' del mundo y de España?

-En el mundo, me quedo con Román “Chocolatito” González, Gennady Golovkin y Andre Ward. Aunque al que más admiro en todos los sentidos es a Bernard Hopkins, una auténtica leyenda. En España, indiscutiblemente, Kiko Martínez. Pero hay muchos más. Y no debemos olvidar que tenemos dos campeones de Europa como Rubén Nieto y Juli Giner.

El Pacquiao-Mayweather es negocio o boxeo…
-El boxeo siempre es deporte, espectáculo y negocio. El combate entre Mayweather y Pacquiao llegó al menos cinco años tarde y en ese sentido el aspecto deportivo se resintió un poco. Pero no el del negocio, porque se han batido todos los récords en lo económico. Todo va unido y si el boxeo es un buen negocio eso repercutirá en que mejore el espectáculo y el aspecto deportivo. Lo que pasó en este caso es que el combate resulto un tanto anodino y decepcionante, que es algo que puede ocurrir. En este caso creo que fue porque el combate llegó demasiado tarde.

¿Estructuraría de otra manera los pesos y los cinturones para unificar un poco ese caos?
Ese es el gran problema del boxeo, su caos organizativo y la proliferación de títulos que lo que ha provocado es una devaluación de estos. Eso despista al aficionado y hace que el boxeo sea el deporte peor estructurado. Aún así, las grandes figuras y los grandes combates están por encima de esos múltiples organismos. Yo siempre digo que el boxeo es tan grande que es capaz de seguir adelante a pesar de esta situación caótica.